La Comunidad de Madrid esconde un patrimonio natural que muchos de sus propios habitantes todavía no han terminado de descubrir. Sierras, ríos, hayedos, cañones y lagunas de origen glaciar conviven a menos de una hora de la capital, esperando a cualquiera que decida calzarse las botas y salir a caminar. Las rutas de senderismo cerca de Madrid son tan variadas que es casi imposible no encontrar una que encaje con el ritmo, la forma física y el tiempo libre de cada persona. Desde paseos tranquilos aptos para niños pequeños hasta ascensiones con vistas de infarto, la oferta es enorme y, lo mejor de todo, está sorprendentemente cerca.
Lo que sigue es una selección de caminos con encanto, pensada tanto para el senderista habitual que busca algo nuevo como para quien nunca ha salido a andar al monte y no sabe por dónde empezar. Clásicos que vale la pena recorrer aunque suenen conocidos, y algunas propuestas algo menos transitadas que merecen más atención de la que suelen recibir.
Rutas para toda la familia y sin grandes exigencias físicas
La Vía Verde del Alberche, que arranca en Aldea del Fresno junto al río que le da nombre, es quizá el ejemplo más claro de ruta accesible y disfrutable sin importar la edad. Apenas tiene desnivel, lo que la convierte en una opción ideal para salir con niños, y a lo largo de sus casi ocho kilómetros hasta el embalse de Las Picadas el camino atraviesa varios túneles que siempre arrancan alguna carcajada a los más pequeños. La presencia constante del agua y varios rincones con sombra hacen de este trayecto un lugar perfecto para terminar la jornada con un pícnic.
En la misma línea de accesibilidad, la ruta circular en torno a la Laguna del Campillo, entre Rivas-Vaciamadrid y Arganda del Rey, suma poco más de seis kilómetros de dificultad sencilla. Puentes, miradores y alguna construcción abandonada puntúan el recorrido, que además permite visitar un Centro de Educación Ambiental con reproducciones de fauna y estructuras etnográficas. Es una buena opción para quienes buscan combinar el paseo con algo de aprendizaje.
También tranquilo y apto para cualquier público es el llamado Bosque Finlandés, en Rascafría, cuyo nombre oficial es El Potario. La comparación con los bosques del norte de Europa no es gratuita: la atmósfera que se respira entre sus árboles, que cambian de color con cada estación, tiene algo de irreal. El recorrido cuenta con un lago y una pasarela sobre el agua que invita a sacar la cámara desde un ángulo diferente. En otoño, cuando los tonos se incendian, se convierte en uno de los paisajes más fotografiados de la sierra madrileña.
Rutas con historia y monumentos en el camino
El Bosque de La Herrería, en San Lorenzo de El Escorial, ofrece una de esas caminatas donde la naturaleza y la historia se dan la mano de forma natural. El sendero discurre por casi quinientas hectáreas de bosque muy cerca del Real Monasterio y lleva hasta la llamada Silla de Felipe II, un conjunto de asientos tallados en la roca de granito desde los que, según cuenta la tradición, el propio monarca supervisaba el avance de las obras de su palacio. Las vistas que ofrece ese punto justifican por sí solas el paseo.
Otra ruta que mezcla paisaje y cultura es la que parte del embalse del Pontón de la Oliva, en la Sierra Norte, y recorre los Cañones del río Lozoya. Con unos ocho kilómetros de trazado sencillo y algo más de dos horas de caminata, el sendero acompaña al río mientras este se encaja entre paredes de piedra que ganan altura de forma espectacular. Los puentes colgados sobre el caudal y los distintos miradores que salpican el camino hacen que la cámara no descanse en ningún momento.
Para quienes buscan algo más exigente
La ruta a la Bola del Mundo desde el Puerto de Navacerrada es una de las más populares de la sierra, y lo es por méritos propios. El recorrido, que alterna tramos asfaltados con sendero de tierra, sube sin pausa hasta alcanzar las antenas que coronan el pico, visibles desde muchos puntos de la Comunidad. A pesar del ascenso constante, no es una ruta técnicamente difícil, y la recompensa en forma de panorámica sobre la sierra compensa con creces el esfuerzo. Quien quiera ir más lejos puede prolongar la jornada hasta La Maliciosa.
La Pedriza, en Manzanares El Real, es probablemente el enclave más icónico del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama y uno de los paisajes más singulares de toda la Comunidad. Sus enormes bolas de granito pulidas por siglos de erosión crean un escenario de formas hipnóticas que no se parece a ningún otro lugar de la región. Conviene consultar antes las restricciones de acceso con vehículo privado, ya que la popularidad del enclave ha obligado a establecer limitaciones para proteger el entorno. Los más madrugadores que lleguen a tiempo de ver el amanecer desde sus alturas difícilmente olvidarán la experiencia.
La Cascada del Purgatorio, también en Rascafría, requiere cerca de doce kilómetros entre ida y vuelta y unas tres horas y media de marcha. El punto de partida está en el Puente del Perdón y el destino final es el salto de agua que forma el arroyo del Aguilón al encajarse entre paredes estrechas de roca. El camino tiene algo de desnivel pero puede hacerse sin problemas con niños acostumbrados a andar. En verano, de vuelta hacia el inicio, las Presillas ofrecen una tentadora opción para refrescarse.
Joyas menos conocidas que merecen la visita
El Hayedo de Montejo, en Montejo de la Sierra, es probablemente la ruta con más encanto de toda la Comunidad, aunque no sea la más conocida fuera de los círculos senderistas. Se trata de uno de los hayedos más al sur de toda Europa, con doscientas hectáreas declaradas Sitio Natural de Interés Nacional y reconocidas por la UNESCO como Patrimonio Natural de la Humanidad. Caminar entre sus árboles tiene algo de cuento, especialmente en otoño, cuando la alfombra de hojas rojas y los tonos ocres lo transforman en algo cercano a la magia. Eso sí, la visita requiere reserva previa, así que conviene planificarlo con antelación.
Las cárcavas del Pontón de la Oliva, en la Sierra de Ayllón, son otro de esos lugares que sorprenden a quien los visita por primera vez. El paisaje, marcado por formaciones rocosas puntiagudas y una paleta de colores naranjas y arcillosos que parece de otro planeta, es el resultado de miles de años de erosión del arroyo de la Lastra sobre la piedra. La ruta sube desde el embalse hasta una cima desde la que las cárcavas se despliegan en toda su extensión, para luego recorrerlas en un sendero circular que permite admirarlas de cerca.
Por último, la Laguna Grande de Peñalara, accesible desde el Puerto de Cotos, combina en apenas seis kilómetros de ida y vuelta un bosque de pinos, varios miradores sobre los picos del parque nacional y una laguna de origen glaciar de enorme valor ecológico. El desnivel es llevadero y los paisajes que van apareciendo a medida que se avanza justifican cada paso. Es una de esas rutas que, una vez hecha, se convierte en cita fija cada temporada.

